Solamente me quedó el cuerpo
Durante varios años trabajé en una serie de grabados a partir de imágenes de mi propio cuerpo acostado. Las fotografías surgían en momentos específicos, generalmente cuando no entendía lo que me estaba pasando o no sabía cómo procesarlo. La acción era siempre la misma: poner la cámara, acostarme, tomar la imagen y luego traducirla a dibujo y grabado.
En ese momento no pensaba en la serie como un proyecto con un concepto claro. Era una necesidad que se repetía.
Con el tiempo, el trabajo fue nombrado de distintas maneras. Primero como autorretratos, luego como paisajes. Estos cambios no respondían a una transformación real del proceso, sino a intentos de explicar o encajar las imágenes dentro de un discurso más claro o legible para otros.
Durante ese periodo, el énfasis muchas veces se puso en construir una idea alrededor de las piezas, dejando en segundo plano lo que realmente sostenía el trabajo: la repetición de una acción simple como forma de atravesar ciertos estados.
Hoy entiendo la serie desde ese lugar. No como una representación de algo específico, sino como un registro insistente de un cuerpo en un momento, y de una práctica que se sostuvo durante años sin necesidad de justificarse completamente.
El título actual, Solamente me quedó el cuerpo, aparece después, como una forma de nombrar lo que, al mirar atrás, parece haber sido lo único constante.